Herida o Cicatriz
Ayer, en uno de nuestros grupos de mindfulness, salió uno de los temas que para mí muestran de la complejidad y belleza humana. Hablamos de cómo sentimos simultáneamente el dolor del mundo y la magia de la primavera. La frustración de una enfermedad y el amor por la vida. Mientras más hablábamos, más claro era: no solo es posible sentir opuestos, es necesario.
Necesitamos darles lugar a ambos. Transitarlos de la mano. Sin negar el que nos baja el ánimo, sin castigarnos por sentirnos bien cuando algo bueno pasa.
Dentro de esa dualidad volvemos al equilibrio. Al aquí y ahora con todas sus partes, imperfecciones, incoherencias.
Y me pregunto: ¿son realmente imperfecciones? ¿O desde esa presencia total con lo que ES ahora mismo, es cuando más alineados estamos con la perfección?
Ahí es donde las emociones se vuelven fluidas, temporales. Danzan con lo que nuestro cuerpo y alma necesitan.
Pero a veces nos atascamos en una emoción. En esos momentos, dejamos de estar en el aquí y ahora. Le cedemos nuestro poder a la mente, que diagnosticá y personaliza lo que nos ocurre.
En el grupo hablamos de técnicas para ese momento. De biología. De la inteligencia de nuestro cuerpo.
Recordamos que nuestro sistema nervioso es flexible: si percibe una amenaza, activa protección automática. Solo después podemos reevaluar y “reescribir” el nivel de peligro. Le damos a la mente una tarea que la pone de nuestro lado, no en nuestra contra.
Y la siguiente recomendación llegó:
Observa lo que te activó. Pregúntate: ¿es una herida o es una cicatriz?
La pregunta ya crea pausa. La mente tiene un trabajo nuevo. El cuerpo empieza a escanear.
Según la medicina:
Una herida es una lesión que requiere cuidado activo para evitar infección y sanar.
Una cicatriz es el tejido nuevo que ya sanó. Se siente, pero está cerrada. Es un recuerdo.
Una cicatriz nos recuerda un dolor que estuvo, que dolió mucho, pero que cerramos. Con tratamiento y cuidados, la piel con su inteligencia volvió a unirse. Nos dejó un recuerdo para futuras ocasiones. Para recordarnos: por ahí, no.
¿Qué te está recordando esta cicatriz? ¿Es la situación, tu reacción, miedo o aviso de peligro real? ¿Recuerdas los recursos que aprendiste gracias a ella? Conecta con esa gratitud unos segundos. Observa tu cuerpo después.
Una herida sigue abierta. Necesita cuidados. Y sobre todo, compasión. ¿Qué necesita esta herida hoy? ¿En qué dejé de cuidarme? ¿Traspasé algún límite mío o ajeno? ¿Qué me quiere decir?
La escucho desde el corazón y la respiración. Desde el cuerpo.
Si puedo ver la herida, sigo viva. Tengo la oportunidad de sanarla. Puedo decidir cuidarla de la mejor forma.
¿Qué opinas? La próxima vez que algo te active, ¿qué descubres si preguntas: herida o cicatriz? Cuéntame en comentarios. Ahí es donde empieza la conversación real.
Este texto surge de nuestras sesiones de mindfulness. Si te resuena, compártelo con alguien que también esté aprendiendo a escuchar su cuerpo.
Metáfora médica basada en información de American Cancer Society: cancer.org