Lo que nos hace humanos

Uno de mis grandes miedos es no vivir mientras estoy viva. Y aunque suene sencillo, es un miedo que aparece en mi vida de formas misteriosas y sutiles. Cada vez que dudo de lo que me dicta el corazón y dejo que la mente tome el mando. Cada vez que desestimo una sensación en mi cuerpo que intenta decirme algo. Cada vez que me repito “no seas tonta, no es para tanto”. En esos momentos, elijo —sin querer— que el miedo a vivir controle mi vida.

La línea es fina. Y aunque intentemos convencernos de lo contrario, todas nuestras decisiones —esas 35.000 decisiones diarias de las que apenas somos conscientes— marcan nuestra dirección. Y, por ende, nuestra vida. Ese diálogo continuo entre nuestro sistema nervioso y nosotros: a veces sabe mejor que nosotros dónde sí y dónde no; otras veces se activa sin necesidad, recordándonos una herida o cicatriz que aún cargamos.

Y sí, suena a mucho trabajo. Pero lo que realmente agota no es escucharse… sino no escucharse. Dejarse llevar por lo que “debería” estar bien, por lo correcto, por lo que otros consideran aceptable o políticamente adecuado.

Este artículo es más breve que los habituales.

Y es intencional.

El mensaje no necesita que las palabras nos alejen del cuerpo, del presente, de lo que está vivo en nosotros ahora mismo, aunque no sepamos nombrarlo. Este momento —exacto, imperfecto, necesario— en el que estamos viviendo y sintiendo lo que necesitamos vivir y sentir. Para seguir eligiendo estar vivos, segundo a segundo.

¿Cuándo fue la última vez que decidiste aceptar tu vida tal como es y tu derecho a estar vivo?

Porque estar vivo implica el riesgo de sufrir. Y también, el riesgo —maravilloso— de ser feliz.