La dualidad del silencio
Como en todos los aspectos de nuestra humanidad, el silencio se presenta también como una dualidad.
El silencio interior
Cuando conectamos con el silencio interior, nos regala la mirada hacia uno mismo. Nos enseña a no creernos todo lo que nuestra mente nos cuenta, a conectar con la sabiduría del cuerpo y a la honestidad de lo que realmente necesitamos en este momento.
Para mí es símbolo de transparencia, presencia y voz. Todo lo que estamos siendo es correcto en el momento que conectamos con ese silencio, y todo tiene su lugar y su función. En este estado, fluimos con la vida, nos desatascamos y permitimos que lo que deba irse, se vaya, y dejamos entrar lo que nos hace bien, crecer o disfrutar en el presente.
El silencio impuesto
Cuando aparece el silencio impuesto desde fuera, volvemos al opuesto de la dualidad. Aquí aparecen los secretos, la invisibilidad y el control sobre lo que somos o deberíamos ser (en la visión del otro).
El cuerpo se sabe no seguro y reacciona para intentar protegernos, de la mejor manera que ha aprendido o conoce. Nos cerramos a las posibilidades del momento y dejamos de ser nosotros, de expresarnos, de sentirnos.
Nuestra historia pasa a ser contada por otros. Ese silencio nos deja sin aire y nos intenta convencer que el otro, el que impone el silencio, es quien tiene la única verdad.
Reflexión
En los libros de historia hay muchos silencios. En nuestras familias. En nuestras relaciones.
¿Te has planteado qué tipo de silencio estás cultivando?
¿Qué tipo de silencio está viviendo la persona delante tuya?
¿Es tu voz más importante que la del otro? ¿O es la del otro más importante que la tuya?
Cuando lees una historia o ves una noticia, ¿te planteas los posibles silencios que faltan para completar la versión que estás consumiendo y creyéndote?