El vacio que crea Espacio

No soy perfecta.
Y nunca lo seré.

Es una idea que mi parte perfeccionista —esa que aprendió que debía ser validada y apreciada para existir— todavía no termina de integrar.

Y aun así, desde que empecé a serme fiel: a lo que necesito, a cómo me siento, a los límites que mi cuerpo y mi energía me piden… algo cambió.
La gente que no lo entiende, se va.
Sí, duele.

Pero lo sorprendente es que otras personas —aquellas que pensé que no lo aceptarían, aquellas por las que mantenía máscaras que me hacían daño— son justamente las que más están cambiando. No solo hacia mí, sino hacia su propia forma de ver la vida, sus prioridades y en quién confían.

Parece que la coherencia interna tiene dos efectos:

  • quienes no están alineados contigo se alejan, porque solo necesitaban la versión de ti que les convenía;

  • quienes sí están alineados se quedan, aceptan tu nueva versión y avanzan también ellos mismos, inspirados por tu intento —imperfecto, humano— de coherencia.

Y entonces ocurre algo más: aparecen personas nuevas.
Sí, hubo un vacío.
Una sensación de soledad.
El miedo de confirmar lo que tantas veces escuché.

Pero no.

Ayer, en una llamada, surgió este tema:
Qué pena que no siempre convivamos con personas alineadas a nuestras prioridades, intereses y forma de sentir.
Y sí, sería nutritivo.

Pero también siento que, para mí, era necesario comprobar que era posible: encontrar personas que piensan y sienten como yo, que sueñan con un mundo mejor y están dispuestas a hacerse preguntas incómodas, a visitar espacios internos oscuros para crear luz juntos.

Y lo estamos haciendo.

Aún agradezco aquella conversación en Tenerife donde lo sentí con claridad:
Este es el tipo de gente con la que quiero hablar y seguir creciendo.

Nos juntamos desde Estados Unidos, Alemania y España.
Y gracias a ellos, mi vida cambió.